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Apóstrofe

MONÓTONA IDENTIDAD OTOÑAL

Es un día de otoño que me sumerge en la monotonía. El sonido de las hojas muertas de los árboles al ser pisadas estruja mis oídos, me desespero. El viento ligero de la tarde roza mi piel como un ángel invisible. Es un momento propicio para las evocaciones. Mis pensamientos buscan la manera de huir, de escapar tal y como lo hacen fácilmente las hojas en el viento. Una fina garúa empieza a bañar mi rostro, a mojar mis ropas, a humedecer las hojas muertas. Mi ser se distancia, entonces, de la realidad.

Mi amigo Julián está cruzando el parque, seguro viene de la oficina de arbitrios y yo no puedo moverme a saludarlo como lo hago habitualmente. Algo me detiene. Es como si estuviera atornillado a la banca. Lleva una expresión en su rostro que no logro comprender, talvez de aburrimiento. El vive en una calle que desemboca en el parque, una calle olvidada hasta por Dios.

Aún inmóvil observo con detenimiento el paso de Julián; su vida es tan rutinaria como la mía. Lo único que no comprendo es esa expresión que marca su rostro. Pensativo, busca en un bolsillo de su pantalón el cigarrillo que usualmente lleva allí. Sé que preferiría no encontrarlo, ruega haberlos olvidado en la tienda; después de todo sería una buena manera de romper el primer eslabón de una larga cadena de monotonía.

Está a punto de llegar al final de la calle, doblar la esquina y llegar a la puerta de su casa. Se detiene y extrae parsimoniosamente el guante de su mano derecha; a tres metros exactos de dar vuelta enciende el cigarro que halló junto a ese viejo encendedor desechable que lo acompaña siempre. Ahora no tiene excusa suficiente para variar su camino rutinario. Apenas concluye el ritual de encender el cigarrillo, Julián empieza a hurgar en su gabán en busca del dúo de llaves para entrar a su morada.

De pronto, mientras dobla la esquina - quién sabe por qué - Julián se distrae y mira hacia otro lado. Casi por instinto coloca la llave a la altura de la cerradura. Se queda quieto, sin entender qué sucede. Su cuerpo tambalea. No existen ni cerradura, ni puerta, ni fachada. La casa ha desaparecido. Atónito, retrocede mientras respira agitadamente. Echa un vistazo. Todo está en su lugar: las casas abandonadas, las veredas con hojas secas, un perro solitario; todo, menos su casa.

« ¿A dónde llegarán los recibos que no he pagado?” – se pregunta Julián mientras corre para ver a Inés, su prima, quien trabaja en la oficina de los tributos. Al llegar ve que el lugar donde Inés estaciona su vehículo, está vacío, sobreponiéndose de la sorpresa inicial le pregunta al vigilante acerca de ella.

- ¿La señora Inés? –responde sorprendido el vigilante- la señora murió hace ya varios años, ¿quién es usted?
- ¿Me está tomando el pelo? Yo estuve con ella como al mediodía.
- Mire don, ya le he dicho, la señora Inés falleció, hasta hay una placa de recuerdo allí- responde el joven.
En efecto, es una placa de cristal con la foto de Inés. El cristal le devuelve la imagen de un rostro de barba entrecana, un rostro envejecido en minutos.
- ¿De qué murió?- alcanza a decir.
- Dicen que de amor. Se enamoró de su primo, se casaron, pero el murió. A ella le agarró la depresión, no quería vivir, un tiempo después también falleció.
- ¡Mentiroso!, Inesita no tenía esposo, es pura y seguirá siéndolo
.- ¡No me llame mentiroso, señor! Creo que su esposo se llamaba Julián García y estuvieron casados diez años.
- Julián García soy yo y no estoy muerto, ¡imbécil!, -grita con desesperación- ¿dónde está?
- ¿Cómo?, a mí nadie me falta el respeto, ¡lárguese de aquí antes de que lo saque a patadas!

Julián agacha la cabeza y enrumba a hablar con Adriana, su amiga, que ofrece té caliente en un cochecito cercano; por la confianza, él acostumbra servirse sin pedir permiso. Pero esta vez, un hombre de avanzada edad lo amenaza blandiendo un palo. Sin entender, Julián retrocede.

- ¡Adriana, un ladrón!- grita mientras trata de golpearlo.
- ¡Lárguese de aquí! - grita la señora que aparece detrás del hombre.

De manera repentina Adriana queda paralizada.

- ¡No le pegues, no le pegues! Creo que lo conozco – dice Adriana intentando reconocer al hombre a punto de ser golpeado- ¡¿Julián?!
- Julián murió hace años, no es éste- dice el hombre.

Julián quita las manos con las que intenta protegerse. ¿Cómo es que lo conocían esos dos ancianos? Aquella no era la Adriana que había visitado por la mañana. Entonces mira directamente a la señora, intentando reconocer sus ojos. Sí, es su gran amiga Adriana.

- ¡Es Julián! ¡Es Julián! – dice la anciana, conmovida.

El hombre desconcertado, saca dos cigarrillos, uno de los cuales invita Julián. Este fuma con desesperación.

- ¿Adriana que paso con Inés? –dice Julián.
- ¿Que me paso por Dios santo?, yo quería un leve cambio en mi rutina y mira lo que sucedió. No tengo nada. Perdí todo. Mi juventud, mi enamoramiento, mi matrimonio, todo lo he perdido, mi vida por completo, - dice Julián con un aire melancólico, luego baja un poco la mirada dando el tiro de gracia al cigarro, la ultima pitada. Al momento de soltarlo al suelo, mira a Adriana, a quien el cabello blanquecino se le empieza a oscurecer y las arrugas marcadas empiezan a desaparecer.
- No Juliancito, hoy no he visto a Inesita, debe estar trabajando.

Julián sin entender lo que Adriana dice, pasa su mano por su mentón, y siente que ya no tiene aquella espesa barba. Retrocede y camina rápidamente hacia la oficina municipal. Al acercarse ve a un viejo hombre vigilante. Inés esta saliendo de la oficina y al verlo llegar lo espera con una sonrisa enorme, sorpresivamente lo besó.

- Inés, ¿quieres ser mi esposa?
- Mi amor, estamos casados.
- ¿Quieres casarte de nuevo conmigo?
- Tus recibos, me dijeron que no los pagaste.
- No me interesa eso, respóndeme.
- Vamos para la casa.

Van por las calles llenas de hojas secas, al caminar el sonido habitual, y a tres metros para voltear la esquina, busca sus cigarrillos y sonríe.

- ¿Qué pasó? -Le pregunta Inés.
- Al fin -dice Julián feliz y sonriente- Dios se acordó de esta calle, ¡olvidé los cigarrillos en la tienda!

Acompañé a mi amigo con la sonrisa en este ciclo sin fin. Al menos él, había variado su rutina. Mientras tanto, yo me paro y sigo mi camino entre las hojas del otoño monótono.